viernes, 22 de abril de 2011

Bright Star

Esta tarde vi “Bright Star” una película de la aclamada directora Jane Campion.
Impresionante oda al amor recitada de una forma delicada, visualmente impecable e  insuperablemente valiente a la hora del rodaje.

Casi dos horas donde la poesía se mezcla en cada fotograma impregnándolo del misticismo romántico del siglo XIX. 

El primer amor entre un hombre enfermo, en sus últimos suspiros y una mujer nos empuja a creer en la magia del ser humano, la belleza donde el hombre es capaz de habitar sumada con la inmensa pureza que puede llegar a transmitir por medio de los versos. El amor, un sentimiento humano, incomprensible, más allá que el propio mundo sumergido en su insignificancia, la emoción que nos desvela, la que nos distrae en los momentos en los que deberíamos estar atentos a la realidad, la estupidez que nos conduce a un angosto camino melancólico en el cual el final puede llegar a ser tremendamente terrorífico y siniestro para la gran mayoría de los corazones inmaduros.


Nos cuenta los tres últimos años de la vida de John Keats, uno de los mayores representantes británicos del romanticismo del siglo XIX. Se refleja el amor por la naturaleza en los numerosos planos, gracias a la delicadeza del ambiente, las vestimentas y su tono solemne. 
Poco a poco vamos adentrándonos en su personalidad romántica, observando las marcas que el paso del tiempo han ido haciendo mella en su rostro. Comprendemos el amor puro que siente hacia su vecina Fanny Brawne, se nos muestra una faceta plagada de libertad, con numerosos aromas que llegan a traspasar la pantalla hasta llegar al olfato del espectador. De todo esto habla la película, o mejor dicho nos muestra la película. Una muestra de que la poesía en el cine todavía es posible. Los versos de Keats consiguen que el clima parezca sacado del más maravilloso cuento de hadas, donde las palabras vulgares no tienen cabida. Nos recuerda la fragancia del ser humano, su parte buena, la romántica y nos traslada a una realidad pasada, donde el amor lo era casi todo, y las letras servían para despertar al corazón, ya dormido dentro de nuestro cuerpo ahogado por una sed inmensa.

Cuando los dos amantes no están juntos sentimos la melancolía y la ausencia se agarra a nuestras entrañas como el arma más letal que haya podido existir en la tierra, un sentimiento que nos perfora al igual que a la protagonista cuando conocemos la muerte del autor. 

Nos quedamos inmovilizados al saber que sus palabras han desaparecido, que su boca jamás se moverá para pronunciar un último te quiero, que su armonioso movimiento de muñeca escribiendo en un vacío papel jamás podrá volver a ser posible.